Los austriacos y el protocolo: una historia de amor

Chaqué

En Austria el protocolo es el deporte nacional (A.V.D.)

19 de Febrero.- Ayer por la mañana, me llamó un amigo mío para preguntarme si tenía algún plan para hoy. Le contesté que no y entonces, él, muy amablemente, me invitó a un brunch en su casa.

A pesar de los ecos british de su nombre, los brunch son una costumbre muy austriaca. Creo que no hace falta que le explique a mis lectores que la palabra brunch viene de Br(eakfast), o sea desayuno y (L)unch o sea, comida (de medio día). Así, los brunches son un desayuno tardío o una comida precoz. La comida pone el champán y el salmón ahumado. El desayuno, la tarta y el café.

Mi amigo es hombre muy cultivado y cuenta, entre otras virtudes muy sobresalientes, la de ofrecer una conversación amena, inteligentísima, que no cansa nunca. A pesar de no ser austriaco de nación, lleva tanto tiempo en este país que ha hecho suyas las costumbres de esta pequeña república y, como yo, ha aprendido a apreciarlas en lo muchísimo que valen.

Mientras departía con mi amigo, en el salón de su confortabilísima casa, y disfrutaba de su cálida hospitalidad (y de un estupendo espumoso servido en quebradizos tubos del mejor cristal), pensaba yo que una de esas costumbres o rasgos peculiares de los austriacos (o asimilados, como yo, como mi amigo) es la querencia por ciertos pequeños detalles protocolarios que, para un extranjero que no esté avisado, o que se los tome con ligereza, pueden significar el peligro de caer en lo que los ciudadanos de estas tierras llaman “faux pas” (literalmente, del francés, “paso en falso”).

Cuando uno es un recién llegado y empieza, siquiera lentamente, a tomar conciencia de la existencia de estos cepos ocultos en las situaciones sociales más aparentemente inofensivas, uno se pone nervioso, se cabrea y, dándose a todos los demonios, se desahoga diciendo que estos detalles son, hablando mal y pronto, unas gilipolleces del copón.

No puede creer, por ejemplo, que, entre indivíduos adultos, el hecho de utilizar una vajilla para determinada ocasión y no otra pueda ser siquiera motivo de discusión. Craso error. Años de experiencia han hecho a los austriacos anfitriones de una eficacia imbatible y, por lo mismo, muy amantes de las formas como un código que da seguridad y permite saber qué es lo correcto en cada situación. Uno, después de estar viviendo aquí más de media década, ha terminado por pensar que estas pequeñas cosas (que nos dejó un tiempo de rosas) son parte de una determinada manera de entender la cultura y que, si bien pueden convertir el hecho de recibir invitados en casa en algo un pelín estresante, también hacen la vida muchísimo más simpática, disfrutable y cómoda.

Lo que sí que es verdad es que, cuanto más vivo aquí, más me doy cuenta de que el protocolo, entendido al austriaco modo, es una ciencia que estoy muy lejos de dominar (me pasa como con las propinas, que nunca sé si he sido demasiado generoso o me he quedado corto). Ya sentados a la mesa en donde se ha desarrollado la jocosa ronda, la conversación de los circunstantes ha parado, de manera ácida y divertidísima, en el Baile de la Ópera de la otra noche y, como no podía ser de otra manera, en los “Faux pas” (pronunciesé “fopáh”) protocolarios en los que incurrieron los presentadores y de los que yo, la verdad sea dicha, me di bastante poca cuenta. Hechos como dar la mano a las personas mayores, establecer contacto físico(familiaridad) con personas de rango social superior al de uno, hacer determinadas preguntas íntimas o con potencial explosivo (por ejemplo, se ha juzgado de una peligrosa ligereza el preguntarle a una señora lo que llevaba en el bolso) han sido ejemplificados como picantísimos resbalones que convierten a Mirjam Weichselbaum, Alfons Haider y Barbara Rett (¡A mi Barbara Rett!) en unas personas frescachonas que podrían aprender un día de estos lo que son los buenos modales ni la etiqueta.

Puede que tengan razón pero se darían cuenta de que son menudencias. Si vieran cómo tratan los periodista españoles a la duquesa de Alba (¡Cayetana! Para arriba ¡Cayetana! Para abajo) probablemente les daría un alipori.

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Acerca de Paco Bernal

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